Asesino invisible

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Se giró al escuchar el grito de una mujer. Enseguida sonaron cinco disparos. Vio como varios cuerpos se desplomaban a su alrededor, como viejos troncos vacíos. Se lanzó al suelo de inmediato. Su cuerpo no le obedecía con normalidad. Un dolor punzante le taladraba la parte derecha de la cabeza; se le había nublado la vista. Era la cuarta vez que le sucedía ese mismo día; En ocasiones le había pasado que de repente olvidaba lo que iba a hacer o había hecho, estaba claro que aquello no era normal.

Se mandó la mano a la cabeza y comprobó si había sangre, la acercó a sus ojos; la mano estaba limpia.

Desde su posición solo divisaba diversas manchas de colores a su alrededor, manchas inmóviles tendidas en el suelo junto a él. Temblaba sin cesar, una mezcla de terror y adrenalina latía en su interior. Sentía como su sangre helada se desplazaba por sus piernas hasta desbordar en su estómago.

Empezó a frotarse los ojos con desesperación, tratando de solucionar su ceguera. Miró a su izquierda y vio como poco a poco, una mancha roja y blanca tomaba la forma de una mujer. Estaba tumbada boca arriba con los ojos abiertos, una mascada de lana roja le cubría el cuello; traía una camisa blanca de botones dorados, una falda carmesí hasta la rodilla y unos zapatos negros de tacón. Su rostro conservaba una expresión de dolor y asombro. Había recibido el disparo en su costado izquierdo.

Delante suyo, logró divisar otro cuerpo, era un joven de aproximadamente veintitrés años que minutos antes del ataque le había preguntado si aquella era la fila para abrir una cuenta bancaria, lo reconoció de inmediato, traía unas Converse estilo militar.

La vista se le había aclarado por completo, pero el dolor se hacía cada vez más fuerte, como si le arrancaran la mitad de su cerebro. Elevó la vista por encima del joven cadáver. Recostados sobre la puerta de la entrada, yacían dos cuerpos masculinos de uniforme azul, ambos con un tiro certero entre las cejas. No habían tenido oportunidad.

Se escuchaban personas murmurando y sollozando con vocecillas temblorosas y respiraciones agitadas. Más allá de eso, solo había silencio, los disparos habían cesado. Trató de identificar al agresor pero no había nadie en pie. Notó que había menos personas de las que había previamente al ataque, dedujo que tal vez habían alcanzado a esconderse tras alguno de aquellos cubículos.

El dolor se incrementaba con cada segundo que transcurría, podía sentir como le invadía la cabeza. Ya no era solo el lado derecho, ahora toda su cabeza era carcomida por la agonía de un dolor que lo dominaba. Dejó de escuchar el rezo de las personas, ahora una voz grotesca y penetrante en su interior le decía algo que no lograba entender, pero que al parecer sus extremidades sí, se mandó la mano a la espalda baja y palpó el mango de un revólver. Aún conservaba la tibieza de su cuerpo. Se puso en pie y sin mediar palabra, empezó a disparar a cada cuerpo en el piso. Los cuerpos se estremecían con la violenta entrada de cada bala, se escuchaban gritos y súplicas desesperadas; y en el aire se percibía un olor metálico proveniente de la sangre.

El asesino se acercaba a cada una de sus víctimas conservando la misma mirada exánime.
Mientras disparaba, recordó todo. Su visita al doctor, los resultados de los exámenes, las palabras “cáncer” y “tumor cerebral” pisoteando su vida sin piedad. Aquello no era justo. Nada era justo, entonces… ¿Por qué tendría que serlo él?

Disparo tras disparo fueron quedando solo cuerpos desmadejados sobre un extenso tapete de sangre y un fuerte aroma a pólvora y a muerte.

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Nostalgia

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Uno a veces es consciente de que lo que está viviendo, pronto será sólo un recuerdo, y entonces, siente nostalgia inmediata. Nostalgia por algo que aún no se va, por algo que aún te pertenece, que aún es tan tuyo como tu respiración. Pero que tarde o temprano se extinguirá. Tú mismo dejarás de ser y estar.

Si acaso, fuéramos conscientes de este detalle cada instante de nuestras vidas, tal vez lloraríamos menos y reiríamos más. Veríamos una y otra vez como la noche engulle al día. Leeríamos ese libro que desde hace tanto deseamos empezar. Entregaríamos el alma en cada beso. Y tal vez, diríamos “te amo” más seguido.

Para ser más personal, si siempre fuera consciente de que la vida se me está yendo entre los dedos, dejaría todo por recostarme en tu pecho y escuchar el andar de tu corazón.

<<A veces olvido que él siempre está latiendo>> me dijiste una vez. Todos olvidamos lo efímeros que somos hasta que el corazón de alguien cercano deja de latir.

Es el aquí, es el ahora, y mientras lees esto, tu vida está ahí, junto a centenares de otras vidas. Todos en busca de algo, que parece ser importante. Algo que permita tus ojos brillar y tu alma palpitar en tu pecho. Algo por lo que valga la pena vivir.

Lo que nadie sabe es que lo más importante de vivir es valorar. Aferrarte a cada instante como si fuera el último, sentirlo con todo tu ser, recordar que la nostalgia está al acecho. Y que ningún tiempo es mejor que el ahora.

El amor de todas mis vidas (Microrrelato)

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Noviembre de 1939

Mercedes abraza a su esposo. Lo acerca a su pecho como el hijo que
nunca tuvieron. Acaricia sus finos cabellos plateados, mientras el aroma de aquel perfume con el que un día la enamoró, aviva en ella miles de recuerdos. Conserva la esperanza de que no sea un sueño más.

Septiembre de 2009

Mercedes despierta. La noche baña su habitación. Una figura extraña parece observarla en la oscuridad.

Mercedes comienza a llorar. Su madre entra a la habitación y la toma en sus brazos. De pronto, ya no hay nada en su mente. De nuevo se encuentra envuelta entre suaves mantas de algodón y móviles de peces danzarines, repitiendo la misma historia desde el comienzo. Siempre con el mismo anhelo de reencuentro; como un secreto eterno entre dos almas.

Después del biberón, Mercedes vuelve a soñar con su esposo.

 

¿Por qué escribo?

Emprendo este viaje con el objetivo de crecer como ser humano y como escritora.

Supongo que en el fondo, todos en algún momento hemos sentido esa misteriosa necesidad de ser escuchados; de no pasar inadvertidos en un mundo en el que ya nadie se detiene a observar un gato en una ventana o a oler una flor. La literatura me ha devuelto ese placer. Me ha recordado que mi libro favorito no es más que “el detenerse y observar” de un ser humano.

Quiero, por medio de este blog, compartir y si es posible inmortalizar en la mente de alguien, un poco de esa belleza imperfecta de la que está inundada la vida.

Mi propósito es publicar (como mínimo) un relato al mes y algunos otros de mis tesoros como recomendación.

Por supuesto, agradezco a cualquier lector que se tome el tiempo de darme una crítica constructiva sobre alguna de mis historias, algo fundamental para mi crecimiento y el de este blog.

Sin más que decir, les comparto un fragmento de uno de mis escritores predilectos, que me llegó a la mente mientras escribía este post.

“De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro…
Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago”.

Las babas del diablo – Julio Cortázar.